Llevaba tras de sí toda la historia. Lo sabía. Era, pues, como cómplice del mundo, y no existió victoria ni derrota, crimen o ejecución, pacto o conjura, que ella no hubiera visto, conocido, asentido, tal cama compartiera con madame Pompadour o trinchera con Von Bismark: crónicas de la infancia, pensaba, experiencias de juventud, rebasadas por el vértigo de la vida; humo, al cabo.
Tenía por delante todo el tiempo. Y no porque, olvidada de su edad, albergase esperanza de prolongar sus días, mas porque no aguardando sino el trance final, la espera se le hacía interminable. Pues en cada minuto, una vez y otra vez cabía su vida, y aun la existencia que hubo imaginado y las vidas posibles que nunca pudiera vivir.
O sucedió quizá que había perdido el miedo. Antes, fuera del círculo familiar de los seres y enseres habituales, se sentía insegura, acosada por monstruos informes a los que, en ocasiones, si el temor daba pábulo a los razonamientos, designaba con nombres apropiados: pobreza, enfermedad, desamparo, nostalgia... Y muerte; sobre todo, la muerte. Tan sólo su mención la empalide­cía, por más que intentara aceptarla, familiarizarse con ella, aunque albergaba la sospecha de que, tarde o temprano, ambas acabarían por intimar, tal dos almas gemelas.
Durante algunos años, sin embargo, solía manifestársele con formas inverosímiles. En los largos paseos otoñales, siempre le acompañó, como una pesadilla, la negra locomotora del rápido que, envuelta en densas nubes de vapor chirriante, irrumpía en el paso a nivel, estremeciendo el paisaje con su silbo infernal. Ella así la veía como una proa arrogante que andaba y avanzaba, arrastran­do tras sí, como un cometa oscuro, una hilera de astrosos ataúdes cargados de horror. Pero ninguna imagen podía compararse, por lo pavoroso de su apariencia cuanto por el helor que le provocaba, a aquella caverna, tan parecida al desván de su casa, que intentaba atraparla, engullirla, noche tras noche, hasta que abría los ojos y gritaba, y encontraba a su madre con un vaso en la mano, tratando de infundirle tranquilidad.
Cuáles motivos fueran de tanta medrosía, ella nunca acertó. Asociaba, eso sí, a sus melindres cuentos, leyendas, fábulas, que, con ánimo resuelto de amedrentarla, le hubieron relatado de pequeña: niños que terminaban perdidos en el bosque, chiquillas devoradas por el lobo a causa de la desobe­diencia... Cualquier desvío encontraba su castigo, de modo que antojárase milagro conservar la piel sana o respirar, pues al cabo del día no faltaban acciones u omisiones que fuesen acreedoras de expiación, y acaso era esta angustia, el asfixiante sentimiento de culpa, lo que le indujo a huir.
Recuerda todavía el ademán adusto de su padre el día del adiós. Pero era inevitable -se dijo una vez más-. A cierta edad, resueltos oficio y beneficio, no podía enterrar sus aspiraciones en aquella sentina de normas y prejuicios, a no ser renunciase a todos los sueños prohibidos que, año tras año, había acumulado.
Jamás olvidaría la falaz lipotimia de su madre, intentando el chantaje supremo. Mas era necesario acopiar fuerzas y resistir insidias y temores, o atarse a la certeza de un perpetuo desánimo, viendo expirar las horas, los anhelos, en el vientre mugroso del jarrón.
Durmió mal. Con el alba, salió sin despedirse. Anduvo, presurosa, por la acera unos metros, tal si fueran siguiéndola, sin atreverse a volver la cabeza, quizá por temor a encontrar un fantasma y dejarse atrapar para siempre. Vio dos luces intensas acercarse y levantó, agitándola, una mano. Sin voz apenas saludó al taxista. Las calles, a esas horas, mostraban una pátina de frío y humedad, y sólo se escuchaba el arrastre cansino de las escobas. Llegó a pensar si acaso no era aquél el proscenio de su adolescencia, y toda la ciudad llegó a transfigurársele. Tenía los pies fríos y seca la garganta. Muda, entregó una moneda al conductor y tomó, sin mirarlas, las de cambio. Aligeran­do el paso, perseguida de nuevo por el desasosiego, penetró en la estación.
Al cabo de unas horas, se dio cuenta: en la soledad del departamento, adquirió certidumbre de sus actos y, observando el billete, recordó que viajaba a otro lugar. El sol, por la pequeña ventanilla, comenzó a acariciarle las piernas, y ella se abandonó completamente, ajena a las montañas que anunciaban un paisaje distinto. El aire de la sierra le inundó los pulmones.
Se preguntó qué había sucedido. Entre aquellas escenas y su oscuro presente, mediaban muchos años. Sabía que no era joven; sin embargo, no lograba explicarse qué había cambiado en ella: era el mismo edificio, la misma respiración, los mismos latidos, los mismos pasos. Sería la tristeza, pensó, mientras miraba su piel deteriorada. Debe ser eso, reflexionó, las pequeñas reformas que lo transforman todo; hoy alzo un muro, mañana quito una puerta y, al cabo de los años, el viajero no reconoce el lugar. De pronto, identifica un aroma remoto y familiar, o ve una luz dorada y antigua, y entonces el espacio se transfigura e invaden la memoria los imposibles náufragos: rostros en los que nunca habíamos reparado o escenas que pasaron desapercibidas, y el hilo conductor de la tristeza, aquella cornucopia aljofarada que siempre terminaba derramándose en los manteles del corazón.